El escándalo francés de las píldoras anticonceptivas

 
El periodista de investigación Pascale Krémer, del diario Le Monde, destapó la caja de los truenos con su artículo: Pilule: enquête sur ces médecins liés aux laboratoires, en el cual aportaba diversa documentación para demostrar los intereses económicos que unen a los responsables de los servicios ginecológicos de varios hospitales franceses, como el de Estrasburgo o el de Cochin en París, y los grandes laboratorios que comercializan las píldoras del día después.
Tras el escándalo de las píldoras anticonceptivas de tercera y cuarta generación, más de 1.300 ginecólogos han negado que se dejaran comprar por suculentas comisiones de los laboratorios farmacéuticos e incurrir en una “prescripción excesiva” de estos medicamentos, perjudiciales para la salud según numerosos estudios clínicos, y han firmado un manifiesto público, bajo el amparo de la Sociedad Francesa de Ginecología, en el que afirman: “Todos nosotros trabajamos por el bien común de las mujeres, al igual que la industria farmacéutica, bajo el respeto a la ley, a la ética médica y con total transparencia. Por tanto, ni nos han comprado ni nos hemos vendido”.
Las últimas generaciones de píldoras anticonceptivas “tienen el mismo efecto que las de segunda generación, pero son infinitamente más perjudiciales porque pueden generar embolia pulmonar y llegar a provocar la muerte”, explicaba Philippe Even, profesor emérito en la Universidad Paris Descartes y antiguo miembro de la comisión científica del Ministerio de Sanidad. También señalaba la “complicidad entre los gobiernos, médicos y laboratorios farmacéuticos” en todo este proceso de comercialización y prescripción de fármacos con un dudoso beneficio.
Las píldoras de tercera y cuarta generación multiplican por cuatro el riesgo de sufrir trombosis, embolias, flebitis, ictus o infartos. En España, estos contraceptivos orales están comercializados por las grandes empresas del sector bajo distintos nombres y financiadas por la sanidad pública.
La salud de la mujer importa poco frente al beneficio económico que conlleva las ventas millonarias de anticonceptivos en todo el mundo.

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