Qué hago

Empezó a los pocos días de habernos casado. Una palabra lanzada como un dardo hace diana en el corazón y lo deja herido. Un gesto que duele porque es de desprecio. Un silencio deliberado mientras se espera una respuesta. Poco a poco, casi sin darte cuenta, se tejen los hilos que te convierten en marioneta. Perdonas y olvidas porque no esperas ningún mal de esa persona con la que has proyectado compartir la vida. Aguantas y resistes porque tras el palo viene una caricia, una justificación o una sonrisa que lima las aristas cortantes que laceran el alma.
Cedes, renuncias, callas, obedeces intentando evitar una nueva crisis, más sufrimiento. Hasta que caes en la cuenta de que hagas lo que hagas o digas lo que digas, errarás siempre. La vergüenza se instala dentro de ti. Sí, en verdad eres un ser inútil, no haces nada a derechas, tus ideas son malas, tus propuestas no sirven, metes la pata constantemente.
Al final, te repliegas dentro de tu concha. Como un caracol asustado, buscas un refugio donde guarecerte y sentirte a salvo, pero a los ojos del otro esa actitud hace que te vea pusilánime, sin carácter, despreciable. Le estás dando argumentos para que te odie.
Te sientes culpable, un fracaso. El vacío te abraza y el miedo sigue avanzando, gana el terreno que le arrebata a la seguridad, a la autoestima y al respeto por uno mismo. Cuando te roban la dignidad, ya lo has perdido todo, ya no eres nada, estás atrapado en una tela de araña de la que no hallas forma de salir.
El desconcierto que te produce ese baile de locos en el que danzas, te trastoca. A los días en los que la pareja parece ir bien les siguen otros de cruentas batallas. Reproches, insultos y golpes, se reparten junto a disculpas, falsas promesas de enmienda y muestras de afecto.
Te resignas a tu triste sino. Te lo has ganado, eres un ser indigno, vil, miserable. Nada hay de bueno en ti. No mereces ningún aprecio. Y, sin embargo, lo buscas. Te empecinas en mejorar, agradar, complacer. Quizás así logres que te quieran, que te valoren.
El círculo vicioso te estrangula y te asfixias sin remedio, sucumbes, asumes la derrota. Convives con el enemigo y no te quedan ni fuerzas para huir. Así será cada día, cada mes, cada año en la cárcel de la soledad.
Conoces casos de maltrato. Pese a ser este un mal que se oculta, que se sufre con sonrojo, sabes que miles de mujeres lo padecen e incluso llegan a morir a manos de su pareja. Existe un teléfono a su disposición a través del cual reciben ayuda para escapar de una realidad dramática, pero yo soy un hombre. ¿A quién recurro? ¿Adónde llamo?
 

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