Mujer: virgen o puta


En el siglo XVIII la imagen de la mujer cambia radicalmente: ahora es vista fundamentalmente como madre. La mujer es la encarnación de la humanidad. Si el hombre personifica la ciencia, el mercado o la política, la mujer suaviza esta dureza masculina con la compasión maternal. El padre duro y la madre tierna se convierten en las dos figuras complementarias de la familia burguesa. Y cuanto más se ve en la mujer una madre, tanto más se la desexualiza, lo que conduce posteriormente a la dualidad de la imagen de la mujer, situada entre la “santa” y la “puta”; una dualidad que reaparece en la teoría freudiana del complejo de Edipo: puesto que la madre es una santa, hay que rechazar y reprimir la idea de su sexualidad.

 
Tales ideas conducen a una nueva tipificación de los roles sexuales: a los hombres se les atribuye una naturaleza más pecaminosa, y lo máximo que cabe esperar de ellos es que den satisfacción a sus irreprimibles impulsos únicamente dentro del matrimonio (de no ser así, de no poder recurrir a la santa esposa, se podrá utilizar a la puta para tales menesteres); por el contrario, la mujer es considerada como un ser mucho más puro que el hombre y se cree que es completamente inmune a los deseos sexuales. Si se casa no es para satisfacer su necesidad de placer, sino porque en cierto modo la base religiosa del matrimonio sólo está segura en sus manos. Por eso su misión es disciplinar y ennoblecer los instintos de la impura naturaleza masculina. Para la mujer, la moral es fundamentalmente moral sexual, y conceptos como virtud, decencia, pureza y castidad adquieren un matiz fundamentalmente sexual. En el amor, la mujer sólo puede reconocer sus sentimientos hacia el hombre cuando él le pide matrimonio, pues antes de esa petición, sería indecente sentir una atracción erótica hacia el hombre. Desde un punto de vista histórico, esta diferenciación es nueva. Desde Eva, la actitud tradicional hacia las mujeres había sido la de responsabilizarlas de inducir al pecado a los hombres.


A mediados de siglo, en Francia se produce una obsesión cada vez mayor por la figura de la prostituta. “La dama de las camelias” de Dumas, crea el mito de la cortesana de buen corazón, un mito que perdura hasta nuestros días: la imagen de mantenida tuberculosa, seductora pero condenada a muerte, que es redimida de su sufrimiento por una muerte desgarradora. Por el contrario, Nana, de Zola, Marthe, de Joris-Karl Huysmans, y La fille Eliza, de Edmond de Goncourt, describen con absoluta exactitud una profesión que seguía siendo misteriosa. Hasta mediados de siglo, la prostitución se vio como un mal necesario. En su libro Prostitución, el sexólogo Dr. Acton afirma que esta red no se puede eliminar. Pero hacia finales de siglo, científicos sociales, jueces, médicos y moralistas comienzan a considerar el destino de las prostitutas como un problema moral y social pendiente de solución. Esto fue interpretado como una fantasía de salvación colectiva: decepcionado por el descubrimiento de la sexualidad de su madre, el niño la degrada en su fantasía a una mercancía, a la que después salva para poder recuperar el primer amor de su vida.


Solo considerándola mercancía, cosa desprovista de cualquier dignidad humana, objeto de uso, el hombre actual puede requerir los servicios de una prostituta.

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