Uniformadas

Empleadas del ferrocarril, años 30
Los uniformes diluyen la identidad, sin embargo, hubo un tiempo en el que el uniforme fue para las mujeres una muestra de empoderamiento.

En 1914 comenzó una de las más sangrientas carnicerías que ha conocido la humanidad, la Primera Guerra Mundial. Solo unas décadas más tarde, el mundo ya estaba involucrado en otra masacre. La economía sufrió una profunda crisis y la violencia social se incrementó ante la ausencia de unas condiciones de vida mínimamente confortables.

Entre tanta violencia y adversidad, las mujeres tuvieron que ocupar espacios que dejaban vacíos los hombres que iban al frente: secretarias, enfermeras, vendedoras, policías… eran trabajos masculinos que pasaron a desarrollar las mujeres. Surgió entonces la necesidad de crear unos uniformes adaptados para ellas.

Al principio, el uniforme de las mujeres era una vestimenta tosca, gris y poco favorecedora, pues primaba la comodidad y la sencillez. Aun así, las mujeres buscaron mantener la elegancia y la femineidad dentro de estas prendas. El uniforme no era una ropa de trabajo, significaba mucho más. Las mujeres ya no eran solo madres o amas de casa, trabajaban y empezaban a ser dueñas de su futuro, se habían convertido en elementos imprescindibles para remontar una etapa histórica negra.

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