Clausurada una guardería ilegal no es la noticia



«Clausurada una guardería clandestina en Sevilla sin medidas de prevención». El 5 de junio el diario digital El Confidencial titulaba así una noticia en la que se leía: «agentes de la Policía Local de Sevilla han clausurado este jueves una guardería clandestina en pleno casco antiguo de la ciudad en la que se ha localizado a once menores de edad sin que se cumplieran las condiciones higiénicas adecuadas y sin medida alguna para la protección frente al nuevo coronavirus».

La policía clausuraba una guardería sin elementos de prevención sanitaria, sin extintores, sin botiquín de primeros auxilios, sin licencia para el ejercicio de actividad educativa, sin vasos ni asientos para todos los menores. Pero la noticia es otra: la guardería era un piso en el que padres y madres, sin más opciones que esa, se turnaban para cuidar a los hijos en horas de trabajo. La Administración no les ofrecía alternativas y a las dificultades de la vida cotidiana hubo que añadir las provocadas por la pandemia para poder conciliar cuidados y trabajo.

Muchas mujeres y, especialmente, madres monomarentales con pocos recursos, han tenido que buscarse la vida para sobrevivir en estas circunstancias excepcionales. Mujeres con criaturas que tenían que ir a trabajar, pero que carecían de una guardería en la que dejarlas. Madres que se las han ingeniado como han podido, confiando a sus hijos a vecinas solidarias. Madres que han regresado a casa con miedo a contagiar a sus pequeños porque no tenían dinero para tanto jabón, ni para mascarillas, ni para guantes, cuyos sus escasos ingresos se destinaban íntegramente a comprar comida. Trabajadoras sin contrato y, por tanto, sin justificante de sus salidas, con temor a la denuncia policial o al chivatazo de sus vecinos. Teletrabajadoras intentando desempeñar sus funciones con un peque sentado sobre las rodillas que no entiende que le prestes más atención a una pantalla que a él, que quiere jugar, salir a la calle, correr; mientras ella solo piensa en meter algo en la nevera, pagar las facturas, seguir criando, desconectar un segundo de una situación que le sobrepasa porque no hay quien le ayude a soportar tanta carga.

Las mujeres han encontrado fórmulas para cuidarse a los hijos entre ellas, para seguir adelante. ¿Qué otra cosa podían hacer si trabajar no es un capricho, aunque sea un lujo; si no se han tenido en cuenta carencias y peculiaridades específicas de colectivos vulnerables? Vivimos en una jungla y para sobrevivir en ella hay que ser tribu, por eso las mujeres nos hemos organizado. Hoy tú cuidas de mis hijos de tal a tal hora y mañana yo cuido a los tuyos. Yo les ayudo a hacer los deberes y tú les das la merienda. Sin esta red hubiera sido imposible la supervivencia.

La iniciativa social ha suplido a la falta de apoyo administrativo y a la incapacidad del Estado para ofrecer soluciones y recursos adecuados a la población. La pandemia nos ha planteado un enorme desafío y la solución a los nuevos retos pasa por volver a ser comunidad. Madres, hermanas, amigas, vecinas, tutoras… Mujeres ayudando a mujeres, organizando la resistencia. La  sororidad que, una vez más, nos hace fuertes frente al desalmado olvido.

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