El sueño de toda princesa es llegar a esta meta: 40 kilos, si fuera posible, menos. El hambre, el dolor y la soledad son los paladines que la acompañan en su camino hacia la “perfección”.
El espejo es ese monstruo que te devuelve una imagen adiposa cuando luchas por ser piel y huesos. Ayuno, ejercicio, vómito, depresión, exigencia, mentiras, recuento de calorías, obsesión. Cada vez la meta está más cerca. La fortaleza te hace superar otro día y te llena de orgullo. Has conseguido el control absoluto sobre el cuerpo y la mente. Las dentelladas del hambre ya no existen. El sufrimiento se posterga. La antesala de la muerte es un lugar extraño donde el círculo vicioso se estrecha y la muñeca se rompe.
Los demás no te entienden y tú sufres porque no puedes parar. Querida princesa, hay salidas. Bastará con que abras un eslabón para romper la cadena.

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