Ideales de amor

Hasta el Renacimiento, el amor fue el concepto de un ideal. Se amaba a la mujer como plena encarnación de la virtud y la belleza. Las fuentes literarias más conocidas de esta adoración son los sonetos de los grandes poetas italianos Dante y Tetrarca. Ambos escribieron versos de amor a dos mujeres en el siglo XIV: Dante idolatraba a Beatriz y Petrarca a Laura. Ambas eran idealizaciones de dos mujeres que realmente existieron y con las cuales los poetas tuvieron un breve encuentro en su vida. Beatriz Portinari, de nueve años, era hija de una acaudalada familia de Florencia a la que Dante probablemente contempló de lejos en dos ocasiones. Petrarca vio a su Laura por primera vez en una iglesia de Aviñón el 6 de abril de 1327, pero nadie ha podido averiguar de quién se trataba. Estos fugaces encuentros bastaron para que la fantasía de los poetas creara dos de las figuras femeninas más conocidas de la literatura accidental. Tanto Beatriz como Laura se casaron posteriormente con otros hombres, pero nada estaba más lejos de la intención de Dante y Petrarca que acercarse físicamente a sus amadas. Beatriz y Laura eran perfectas y, precisamente por eso, inalcanzables e intocables. El hecho de que ambas mujeres murieran muy jóvenes en la realidad no renundó precisamente en perjuicio de su enaltecimiento. Muertas, Beatriz y laura encarnaban la perfección.

En el Renacimiento, el amor se considera una enfermedad de la que uno podía recuperarse o a la que se podía sucumbir. La asimilación del sentimiento amoroso a una dolencia es originaria de la Antigüedad. Así se ponía de manifiesto que el amor es un estado extraordinario que requiere un tratamiento singular. En el Renacimiento, la pasión amorosa se juzgó como una manifestación de la primera enfermedad de la civilización europea: la melancolía.

Transcurrieron varios siglos hasta que se produjo la democratización del amor. Las grandes parejas clásicas de la cultura europea pertenecieron a la nobleza. Si en la literatura popular del Renacimiento aparecía una pareja de origen humilde se trataba siempre de dos enamorados que protagonizaban un episodio cómico. Esto demostraba que el amor era un asunto complicado de aprender y que sólo podían manejar aquellos que habían tenido acceso a una educación cultivada. Fue necesaria la Ilustración, en el siglo XVIII, para que se impusiera la noción de que el amor no es sólo algo que afecta a las clases más favorecidas sino una cualidad interior para la que están capacitados todos los seres humanos.

La mayor diferencia entre el concepto que estuvo vigente en Europa hasta cerca de 1750 y el nuestro, se refiere a la duración del amor. Hasta hace unos doscientos cincuenta años, a nadie se le hubiera ocurrido relacionar amor y matrimonio, ya que el amor se consideraba veleidoso. El amor era pasional y breve. Era como un fuego que irremediablemente se extinguía. Precisamente por la irracionalidad del amor, éste no podía ser la base de algo que requiere consistencia. El matrimonio era una decisión racional, subordinada a intereses políticos y económicos. En los estratos más altos de la sociedad, los esponsales servían para aumentar tierras y fortunas, valían como instrumento de la política, por lo que la preparación de una boda era una cuestión estratégica. En las clases media y baja, la subsistencia doméstica se fundaba en el matrimonio, que aseguraba la existencia económica de la familia. Nada molestaba más al matrimonio que el amor. Por esta razón, el amor se situaba fuera del matrimonio y tenía lugar después del mismo.

En el ámbito de la nobleza europea de los siglos XVI y XVII se daban por supuestas las aventuras extramatrimoniales y eran válidas tanto para hombres como para mujeres. El amor consistía en seducir y ser seducido, y requería discreción, táctica y muchas habilidades retóricas. En el siglo XVII nadie se hubiera incomodado ante la afirmación de que el amor era una convención social. El amor galante fue un exquisito juego de sociedad en el que hubo expertos: los libertinos y las coquetas.

La atribución de cierta durabilidad al amor es una noción bastante nueva dentro de la cultura europea. Comenzar una relación de pareja con la esperanza de que sea duradera porque hay amor es un pensamiento muy moderno que procede de Inglaterra. Esta nueva manera de concebir el sentimiento amoroso es, fundamentalmente, una creación de las clases medias burguesas. Lo decisivo pasa a ser que el amor romántico se basa en el sentimiento. Este hecho modifica radicalmente los motivos del amor: uno no es amado solamente por ser bello, rico, noble o estar disponible, sino porque uno es precisamente como es. Se ama al otro como ser completo, incluyendo también sus defectos. De ahí que sea posible atribuir al amor ciertas expectativas de permanencia. Sólo a partir de este concepto puede considerarse al amor como base de un matrimonio o d euna relación duradera.

El amor romántico es el modelo que goza de mayor aceptación en la actualidad. Pero todo está permitido: el que lo desee puede practicar la abstinencia durante años e idolatrar de lejos a inalcanzables estrellas del cine o del pop, puede coleccionar conquista tras conquista o morir de amor.

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