En noviembre de 1838, George Sand, sus dos hijos: Maurice y Solange y Federico Chopin llegan a la isla de Mallorca. Ella es una mujer decidida y con experiencia de la vida, había publicado novelas de éxito como Indiana y Lelia y gustaba de enfrentarse la las convenciones sociales. Él vivía recluido en un mundo de sensibilidad en el que la música expresaba los más sutiles ribetes de las emociones y de las ideas. La pareja esperaba encontrar en Mallorca, lejos de la sociedad, un espacio propicio para la consolidación de su amor y para desarrollar sus propios proyectos personales. Mallorca era un paisaje perfecto, de clima suave, naturaleza virgen y parajes pintorescos, un lugar alejado del ruido del mundo y adecuado a sus necesidades espirituales.
Mallorca no decepciona a la pareja, la naturaleza de la isla les fascina por su belleza y embruja el ánimo de los viajeros hasta el punto de hacerles plantearse una estancia prolongada. El tiempo es agradable y los pequeños están contentos. Pero unas semanas después llegan las lluvias, la niebla envuelve los paisajes, el viento sopla con fuerza y a Chopin se le agrava la tuberculosis; los mallorquines resultan ser gente atrasada, zafia y malpensada, que ignora las virtudes que hacen posible la civilización y la cultura. A finales de febrero de 1839, la pareja regresa a Francia con la firme intención de no volver nunca a aquel lugar donde los cerdos eran más considerados que las personas.
Un invierno en Mallorca es la historia de este desengaño, de la ruptura de una forma de vida y de la imposibilidad de su realización. Sand escribe con la voluntad de ser objetiva, de no dejarse llevar por los malos recuerdos, dice que describirá la isla de la manera sucinta en que lo haría un artículo de diccionario geográfico. La autora procura distanciarse críticamente de la narración y preserva su intimidad. No hay ninguna referencia a la relación que mantiene con Chopin, al que denomina “el enfermo”, sin llegar a escribir su nombre en todo el libro. Pero pese a sus intentos por mantener la objetividad, Sand no puede evitar que su imaginación lírica y reflexiva la lleven a contemplar la realidad desde dos puntos de vista, uno positivista y fiel; otro, idealista y romántico.
En 1841 se publica Un invierno en Mallorca y enseguida obtiene un éxito que traspasa las fronteras de Francia. El fundador del semanario mallorquín La Palma , José María Cuadrado, publicó el cinco de mayo de 1841 el artículo: A Jorge Sand. Vindicación, que concluye diciendo: “Jorge Sand es el más inmoral de los escritores y Madame Dudevant la más inmunda de las mujeres”. El viaje fue recordado con pesar por los amantes, que nunca lo olvidaron, tampoco fue olvidado por los mallorquines, impresionados por aquella mujer que fumaba.

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