Las mujeres, cuando se les confía una niña, se dedican a
transformarla en una mujer parecida a ellas con un celo mezcla de arrogancia y
de rencor. Y hasta una madre generosa, que busca sinceramente el bien de su
hija, pensará casi siempre que es más prudente hacer de ella una “verdadera
mujer”, puesto que así la sociedad la recibirá con más facilidad […] le eligen
libros y juegos que la inician en su destino, le vierten al oído los tesoros de
la prudencia femenina, le proponen virtudes femeninas y le enseñan cocina,
costura y el cuidado de la casa al mismo tiempo que la toilette, el encanto y
el pudor […]. Para ser graciosa tendrá que reprimir sus movimientos
espontáneos; le piden que no adopte modales de varón frustrado y le prohíben
los ejercicios violentos y que se pelee. En resumidas cuentas, la comprometen a
convertirse, del mismo modo que sus mayores, en una sirvienta y un ídolo.
Con estas palabras, Simone de Beauvoir analiza la primera infancia
de las mujeres y cómo se construye la feminidad siguiendo un patrón patriarcal.

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