Desde finales del siglo XIX y durante la primera mitad del
siglo XX, las reclamaciones de los derechos ciudadanos por parte de las mujeres
se interpretó como una usurpación del espacio masculino, pues hasta entonces el
ámbito ciudadano pertenecía en exclusiva a los varones.
En Europa, las reacciones anti feministas no tardaron en
llegar. En Alemania, tras la Primera Guerra Mundial, el Gobierno socialista
estableció las prioridades para el despido de los trabajadores: las primeras en
perder su empleo serían las mujeres cuyos maridos trabajaran; después las
mujeres jóvenes y solteras sin cargas familiares; luego las mujeres que tenían
a su cargo una o dos personas y, finalmente, todas las demás mujeres. Esta
discriminación laboral se prolongó hasta los años treinta.
En Inglaterra, durante los años veinte, las mujeres
sufrieron presiones para que abandonasen sus trabajos y se les prohibió
estudiar Medicina.
Durante los años treinta, desde el Vaticano y desde los
gobiernos fascistas de Italia y Alemania, y también el ruso, se animó a las
mujeres para que volvieran a retomar las actividades que les eran propias, es decir, la maternidad, el
hogar y el cuidado de la familia. La maternidad tuvo una valoración excesiva de
los gobiernos, cuyas políticas e inversiones iban encaminadas a favorecer la
reproducción de la familia y a facilitar que las mujeres más pobres tuvieran
más hijos.
Los gobiernos, sus políticas, las instituciones y las nuevas
teorías freudianas sobre la subjetividad de la mujer, contribuyen a implantar
en la sociedad definiciones como la inferioridad intelectual de la mujer y se
refuerza el propósito de que el hombre conserve la hegemonía y su papel
predominante en el ámbito público, mientras que se segrega y se insta a las
mujeres a recluirse en el hogar.

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