Los estereotipos de
género se aplican tanto a hombres como a mujeres, la cuestión es que los
estereotipos femeninos acostumbran a negativizar a las mujeres, mientas que los
masculinos aportan inputs que tradicionalmente se han visto como positivos:
poder, fuerza, estatus, autoridad… Los estereotipos son imágenes mentales,
generalmente simplificadas, sobre alguna categoría de personas, instituciones o
acontecimientos que son compartidas en sus características esenciales por un
gran número de personas. Sirven para simplificar la abundancia. H. Tajfel, 1984. Por eso los estereotipos se
convierten en herramientas poderosas a la hora de comunicar y su uso continuado
acaba generando consenso social. La atribución de propiedades, características,
incluso expectativas a los diversos grupos sociales, también a hombres y
mujeres, es una potente herramienta de construcción de las identidades que está
relacionada con los denominados roles de género. Estos roles, a partir de las
diferencias, acaban legitimando desigualdades.
Los roles de género
marcan los comportamientos que se consideran socialmente correctos y deseables
en un contexto determinado según el sexo: hombre o mujer, de manera que
establecen qué comportamientos son correctos y normales y cuáles no
según el sexo al que pertenezcamos. Tradicionalmente,
además, el control social sobre las actuaciones de las mujeres ha sido mucho
más rígido e inflexible que sobre los hombres. En pleno siglo XXI, sin embargo,
los roles de las mujeres han cambiado, ya no son el género subsidiario, pero
existe toda una serie de significados que permanecen sorprendentemente
estables. Por eso la discriminación hacia las mujeres continúa siendo una
práctica extendida en la sociedad.
Lo bueno de los estereotipos es no son inalterables,
responden a épocas concretas y se utilizan para representar realidades sociales
que son cambiantes. Por eso, su uso reiterado en los discursos públicos y
privados actúa como una resistencia a evidenciar los cambios estructurales,
entre los que se sitúa la entrada progresiva de las mujeres en la esfera
pública o los cambios cada vez más evidentes en la gestión de la vida doméstica
y pública. El racismo, el sexismo y las
discriminaciones en general tienen en común que se sustentan en estereotipos,
ya que sirven para categorizar el entramado social, para detectar “amenazas”,
para explicarnos el entorno superficialmente. A su vez, funcionan como instrumentos
de socialización pues ayudan a los individuos a ubicarse y a identificarse en
el conjunto de sus relaciones sociales.
Los hombres y las mujeres tienden a ser representados por roles
y posiciones muy concretas.
Hombres: trabajo, estatus alto, ámbito público,
independiente, protagonista, experto, portavoz, activo, prima su inteligencia.
Mujeres: casa, estatus bajo, ámbito privado, dependiente,
papel secundario, víctima, ama de casa, pasiva o reactiva, prima su cuerpo.
A los hombres se les suele asociar con actividades positivas
y atractivas, como el poder, el coraje, la independencia, la autonomía y el
equilibrio. Los grupos sociales con menos estatus, en cambio, se definen de una
manera muy rígida. Por eso los estereotipos de carácter sexual o emocional con que
a menudo se representa a las mujeres son mucho más difíciles de erradicar.
Se da otra circunstancia: el hecho de que las personas que
pertenecen a grupos sociales de estatus alto tienen más posibilidades de ser
tratadas antes como individuos, por sus características propias, como meros
miembros de un colectivo. Así, un hombre político es político antes que hombre,
mientras que una mujer política es mujer antes que política.
Estamos ante el típico caso de la pescadilla que se muerde
la cola: los medios, en calidad de portavoces de la
sociedad, necesitan llegar a su audiencia, que esta se sienta identificada, que
reconozca los modelos que se le transmiten; y la audiencia necesita entender el
mensaje, reafirmar la categorización social que ha aprendido. Resumiendo,
recurrir a los estereotipos los refuerza. Por tanto, la única manera de romper
este círculo vicioso es huir de ellos, desconfiar y desafiarlos. Solo así
contribuiremos a recomponer las relaciones entre mujeres y hombres.

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