A principios del siglo XX y con la herencia de una moral
victoriana que ensalza la maternidad y reprueba la sexualidad femenina si solo
se practica por placer, se construye a través de la literatura, la ciencia, el
arte, la filosofía y el psicoanálisis una heterodesignación de la mujer moderna
en un entorno sociopolítico en el que las democracias emergentes en Occidente
necesita más ciudadanos, pues la elevada mortandad infantil diezma la población.
Nace así una nueva estrategia biopolítica, un biopoder que
se manifiesta en el control reproductivo de las mujeres y con el que se
refuerza la moral de la familia monógama burguesa, se enaltece la fidelidad
femenina y se condena a la mujer al ámbito doméstico, reforzando se dependencia
del varón y elogiando la misión de la maternidad como único destino posible
para las mujeres. Estas pautas se extienden durante todo el siglo XX y
conforman la subjetividad femenina.
El sistema capitalista y el patriarcado hacen causa común,
destinan a los varones a la productividad y reciben el beneficio de la
plusvalía que el trabajo gratuito de las mujeres y la reproducción de mano de
obra barata aportan.

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