La mujer es la puerta
del Diablo, la senda de la iniquidad, la picadura de la serpiente, en una
palabra, un objeto peligroso. San Jerónimo.
Según los cánones existentes en la tradición
judeo-cristiana, la mujer ha debido luchar siempre contra su naturaleza impura,
de ahí que se haya valorado tanto el olor que emana la mujer limpia. La impureza
de la mujer deviene de su menstruación periódica. Regulada escrupulosamente en
el Levítico (15, 19-33), propicia que existan leyes sexistas y degradantes para
las mujeres, malditas por Dios desde que Eva probó el fruto prohibido en el
Paraíso.
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