Paseo por una zona comercial y la veo en todos los
escaparates de ropa íntima, es la faja de moda, una que te estrecha la cintura,
te sube el pompis, te comprime la celulitis, te quita la barriga, te borra los
michelines y te deja hecha un pimpollo.
Las hay de mil marcas, formas, colores y prestaciones, pero
todas tienen en común el precio: son carísimas. Aunque “carísimo” es un término
relativo, sobre todo si se aplica a la belleza. Marcar una cintura de avispa,
disimular la tripita, apretar los glúteos y conseguir un tipazo bien vale el dinero
que se paga.
Hasta aquí las ventajas, porque me temo que los
inconvenientes también son grandes y a tener en consideración. Ir tan ceñida
debe resultar incómodo. Todo lo que se aprieta por debajo, se desbordará por
arriba. No me imagino cómo será quitarse una faja adhesiva de silicona en una
emergencia urinaria. En verano dará un calor horrible… Entre tanta pega, le
encuentro un punto positivo: cuando te quites la faja-milagro el cuerpo se
desparramará aliviado y podrás volver a respirar.

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