Su papel hoy es,
más o menos, el mismo, con menos sillas y más catequesis, su tarea más
importante se reduce a diversas actividades subalternas. Se les confía la
dirección de los colegios femeninos, pero no son ellas las que determinan y
orientan la enseñanza en su nivel superior. Además, ha sido preciso un concilio
para consentirles un alma, pues antes la Iglesia no estaba muy segura de que la poseyeran.
Aunque la Iglesia
católica de hoy ha mejorado mucho su opinión respecto a las mujeres, todavía
quedan rastros de su antigua desconfianza, muchas veces citada en un gran
número de textos entre los que destaca la contundente aseveración de San Pablo
que los resume todos: “Que la mujer, en la asamblea, se mantenga callada”.

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