Allí yo tuve un odio, una vergüenza […] y el deseo de
cambiar cada cuerda por un saco de balas. Así se expresa Silvio Rodríguez y, cada
vez con más frecuencia, secundo las palabras de su canción Santiago de Chile.
No me bastan los minutos de silencio, las manifestaciones calladas de dolor, los gritos de indignación, las camisetas reivindicativas.
No me basta estremecerme, cabrearme, organizarme. Ya no me bastan las
cuerdas... me faltan las balas.
No soporto el número creciente de mujeres asesinadas por el
hombre que decía quererlas, ni el de mujeres violadas por hombres que deseaban someterlas.
No soporto que en las fiestas un hombre nos meta mano porque forma parte de la
diversión, ni que tengamos que mirar a nuestro alrededor cuando caminamos de
noche por la calle, ni que por llevar minifalda se entienda que pueden abusar
de ti.
Me encocora que nos llamen locas y feminazis por exigir una sociedad
en la que se permita a las mujeres vivir en libertad, los chistes que nos ridiculizan,
las acusaciones de denuncias falsas, de que la mujer de tu amigo sea, como
todas, una víbora que le arruinó la vida.
Me revienta que nos crispe que suban los impuestos, la
corrupción, el paro y nos deje indiferente ese número de tres cifras que cuenta
a las asesinadas. Me cabrea que me digan si se me pasa el arroz o no, que me
pregunten qué más quiero si la igualdad es un hecho y no tengo que llevar burka.
Y es que a veces dan ganas de cambiar el mundo a balazos,
porque cuando hablamos no nos escuchan, porque cuando nos manifestamos no
conseguimos nada, porque la frustración produce rabia.

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