«Todavía en
nuestros tiempos la palabra feminismo da miedo. Todavía ser “feminista”
significa, para algunas mujeres, distanciarse de los hombres, ser una mujer
distinta, agresiva, amenazadora de la paz y de la convivencia. (...) Las
críticas sobre el feminismo y las feministas son hoy más sutiles y más
subterráneas que en los tiempos del sufragismo.
Los ataques
condicionan la vida personal de las mujeres y el desarrollo de sus vidas
cotidianas. Quizás porque no se entiende lo que significa ser feminista, quizás
porque a veces sólo se analizan los aspectos más externos de su lucha, sin
intentar profundizar en las causas que la motivan.
Para algunos, las
feministas son mujeres frustradas, sexual y afectivamente, que desembocan su
fracaso personal hacia un abusivo enfrentamiento entre los sexos. Para otros,
son mujeres que quieren imitar al “macho” y que renuncian a sus “naturales
condiciones femeninas”. Hay quien piensa que el feminismo es una revancha
irracional contra la supremacía masculina, una especie de machismo al revés.
Para los que creen esto último, las feministas son las amazonas de un
matriarcado futuro que pretenden convertir el sexo masculino en un siervo de
sus ambiciones y propósitos.
A lo largo de la
historia de la humanidad, ha habido pocos movimientos tan anatematizados,
ridiculizados e incluso ignorados como el feminista. Quizás porque el feminismo
cuestiona las raíces más profundas de las relaciones entre hombres y mujeres y
apunta a una nueva manera de entender el mundo.» El feminismo,
Monserrat Roig, 1981.

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