Las paragüeras del circuito de Jerez han reabierto el
debate: la libertad de la mujer consiste en aceptar ser florero o negarse a
ello. El patriarcado pervive, pero ha dado un giro diabólico: ya no impone, la
mujer decide si es madre o trabaja, si es santa o puta, si acepta un sueldo
inferior al de sus compañeros varones o se queda en el paro… La mujer escoge
libremente su destino. ¡Venga ya!
Lo peor es que algunas se lo creen e incluso se ofenden
cuando se les hace ver que ese espejismo de libertad no es la libertad ansiada.
Una paragüera, molesta con las feministas que defienden su dignidad, se
queja: «A mí como mujer no me están defendiendo, me están quitando el trabajo».
No se siente mujer objeto cuando la contratan solo por su físico, por ser joven
y mona, por estar dispuesta a lucir pierna, a sonreír, a aguantar las «gracias»
de los babosos… Pues sí, trabajar a cualquier precio, sin que importe nuestro
currículo, nuestra experiencia o nuestra inteligencia es venderse a muy bajo
precio. Todos tenemos que comer, cierto, pero sin renunciar a nuestros derechos
básicos como persona. Si nos vendemos, sin más, sin ceñirnos a una ética, a
unos valores, a unas normas morales, estamos consintiendo el abuso del
explotador, somos cómplices, y el colectivo, la sociedad, se desestabiliza.
Mientras haya una sola mujer que transija con llevar un
escote hasta el ombligo para trabajar en un pub, llevar un uniforme ceñido en una aerolínea, vestir un bikini para presentar un coche o
posar desnuda para anunciar una colonia, las mujeres, todas, seremos vistas
como objetos y no como sujetos. Porque las decisiones individuales también
influyen en el grupo.

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