El maltrato en España

Hasta la década de los 90, en España no existía «violencia de género». La violencia ejercida hacia la mujer dentro del ámbito familiar se consideraba un asunto privado que no concernía a nadie.

El triste caso de Ana Orantes, que fue asesinada por su pareja tras denunciar el maltrato que sufría, actuó como revulsivo social. Las asociaciones de mujeres se movilizaron logrando del Gobierno una Ley integral contra la violencia de género, aprobada en 2004.

La ley no ha reducido el número de mujeres asesinadas porque la estructura social no ha cambiado. Han aumentado las campañas de apoyo a las mujeres maltratadas, pero se sigue mostrando a la mujer como víctima y se desatiende el necesario análisis social del origen del problema.

En los medios solo se muestra la violencia hacia la mujer cuando es física y se ignoran todas las demás formas de violencia reconocidas por la ONU: psicológica, económica, social…

Las noticias sobre violencia de género recogen detalles escabrosos: 75 puñaladas, un martillo, un atropello deliberado… Y ningún apunte sobre el aspecto cultural que representan. Cada caso supone un hecho aislado y excepcional, no un problema social. Se juzga a la víctima por las medidas de autoprotección que haya podido tomar: no había denunciado al agresor, había retirado la denuncia…

El agresor tiene como excusa el consumo de drogas, la enfermedad mental, la situación de desempleo u otro tipo de circunstancias personales.

La falta de rigor al no exponer las causas y las consecuencias del maltrato hace que, socialmente, el maltratador sea visto como un monstruo, como una excepción entre los varones. Por eso, cuando los síntomas de la monstruosidad no son evidentes, la mujer no sabe detectarlos desde los primeros indicios y se coloca en situación de riesgo.

Mientras no se analicen con rigor las construcciones respecto al género, los roles de poder y el modelo de familia, no empezaremos a caminar en la buena dirección. Mientras la mujer deba adaptarse a un modelo de feminidad impuesto, permanecer subyugada al género masculino, conformarse con un rol pasivo, dependiente y objeto de deseo, seguiremos anclados en el problema.

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