Desiree Mariottini, 16 años, estudiante, entró el jueves de
la semana pasada en una casa ocupada de San Lorenzo, barrio estudiantil y de
movida nocturna de Roma. Buscaba algo de heroína. Doce horas más tarde la
policía la encontró muerta. Según las pesquisas, la joven fue drogada hasta la
inconsciencia y violada por un grupo de hombres, finalmente falleció a
consecuencia de un paro cardiaco, supuestamente provocado por un cóctel de
heroína y metadona. Hubo testigos, pero nadie movió un dedo por ella. El
forense asegura que en el momento de la agresión no estaba consciente. Al menos
cuatro personas participaron en la violación, aunque los testigos aseguran que
hasta seis personas habrían abusado de ella.
El jueves la policía detuvo a dos senegaleses de 26 y 43
años, sin documentación para residir en Italia, y después a un tercer sospechoso,
un nigeriano de 46 con permiso de residencia en la capital italiana por razones
humanitarias. Se ha arrestado a
un cuarto sospechoso del que solo se sabe que es un inmigrante clandestino.
Este execrable hecho es la excusa perfecta para el ministro
del Interior, Matteo Salvini, que ha prometido mano dura: «¡Cárcel dura y a
casa!», ha dicho.
Cuestiones políticas aparte, Italia vive entre la indignación
y la más absoluta conmoción, pues las violaciones en grupo con uso de drogas y los secuestros de mujeres van en aumento.

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