Florence Nightingale sentía la enfermería como una vocación. Desde muy joven tuvo claro a qué fin consagraría su vida y, aunque su familia desaprobaba esta profesión por considerarla inadecuada para una mujer de la época, ella no desistió. En 1850 finalizaba su formación inicial como enfermera en el Instituto de Diaconisas Protestantes en Alemania y durante el siguiente año realizó las prácticas. Consiguió un empleo en un hospital de Londres donde pudo demostrar ampliamente su capacitación como excelente enfermera, así como su eficacia al organizar y administrar un hospital.
Cuando estalló la Guerra de Crimea en 1853, el enfrentamiento entre el Imperio ruso y el Otomano fue apoyado por Gran Bretaña, entre otros países. La mala atención que recibían los soldados británicos heridos provocó una protesta ciudadana y el Secretario de Estado para la Guerra le pidió a Nightingale que organizase un grupo de enfermeras para atender a las tropas. Nightingale viajó a Turquía y las pésimas condiciones que observó en el hospital británico le hicieron reaccionar de inmediato. Recabó fondos con los que pudo comprar el material necesario para mejorar la atención, la higiene y el tratamiento que recibían los combatientes. Y con sus medidas se redujo considerablemente la mortalidad de los pacientes. Nightingale se ganó una reputación inmejorable y al finalizar la guerra en 1856 ya se la conocía como La Dama de la Lámpara y El Ángel de Crimea.
Volvió a Inglaterra y continuó volcada en su pasión. Financió la Escuela de Enfermería y Partería Nightingale, que todavía forma a aspirantes a enfermeras como parte del King's College de Londres.
Nightingale falleció a los 90 años en Londres, era 1910. Su admirable legado contribuyó a la modernización de la profesión y el Comité Internacional de la Cruz Roja otorga cada dos años un premio de enfermería que lleva su nombre.

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