J.A

 


El sábado 26 de julio, Jennifer Lopez y Ben Affleck se casaban en Las Vegas y la noticia recorría el mundo. Ahora J. Lo cambia su apellido y pasa a denominarse Sra. Jennifer Lynn Affleck.

Que en el siglo XXI una mujer tome el apellido de su esposo se interpreta como un gesto sumisión y subordinación, también de pertenencia a un hombre. Que Jennifer Lopez, una mujer mundialmente conocida, decida cambiarse el nombre es un síntoma desalentador.

El marido, como jefe de la familia, continúa siendo designado por el apellido que lleva antes del matrimonio y, por la misma razón, da su apellido a sus descendientes y a su mujer. De esta manera toda la familia queda agrupada bajo un solo patronímico, símbolo de su unidad. Así fue en otro tiempo y así continúa siendo en algunos países, donde esta costumbre medieval aun perdura.

En esta cuestión, España es un país más avanzado que otros de Europa, en los que se los hijos e hijas de un matrimonio solo tienen el apellido del padre. De hecho, en la mayoría de los países la mujer pierde su apellido al casarse y solo lo recupera si se divorcia. En Reino Unido, por ejemplo, no hay normas al respecto. En Francia se consiguió hace no tanto el derecho de las mujeres a poner sus apellidos a sus hijos. En Italia, las mujeres se movilizaron para lograr un cambio legal: el uso opcional de los dos apellidos en el orden que se desee.

En Estados Unidos persiste la práctica mayoritaria de adoptar el apellido del marido, y Jennifer Affleck no ha hecho otra cosa que sumarse a esta mayoría. Quizás para ella solo sea una demostración de amor, una cuestión sin importancia, pero este gesto nos recuerda que al feminismo todavía le quedan muchas tareas pendientes. J. Lo es una mujer con una imagen pública potentísima, es una gran estrella que cuenta con una legión de seguidores, que renuncie a su identidad y estatus legal es mucho más que una cuestión sentimental. Sobre todo ahora que Estados Unidos está restringiendo los derechos de sus ciudadanas.

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